De repente escuché una explosión, un sonido muy fuerte que se debió haber oído en toda la selva chocoana. Empecé a temblar. Solo pensaba en que sería de mis hijos. A los pocos minutos, ya desde el otro lado del Atrato, sentí un segundo totazo. Y después del segundo, el tercero. Sólo imaginarme que a algunos de los míos les había pasado algo me mataba. El fuego no paraba. Empezaron a cruzar lanchas repletas de gente guiados por el padre Antún en las que se agitaban camisetas blancas. La gente cantaba pidiendo respeto.